Hay que reconocer que la clase política tiene una persistencia a grado heroico: después de un poderoso rechazo a la casta política, por parte de la ciudadanía, ésta insiste en una arcaica idea de la famosa “democracia de los acuerdos”. A veces pienso que sería más fácil suprimir el duopolio y crear un monopolio , es decir, un solo partido transversal; al fin y al cabo, ambas combinaciones en temas sustantivos como las reformas políticas y salvo excepciones piensan y hacen lo mismo.

Otra salida podría ser “a la colombiana” allá por los años 60: turnarse en el poder – liberales y conservadores; en el caso chileno Coalición y Concertación que alternarían en el poder, por ejemplo, designaríamos a dedo para el 2014 a Michelle Bachelet y para el 2018 a Joaquín Lavín o Laurence Golborne, y así sucesivamente -.

Otra posibilidad más a corto plazo sería que los partidos se fusionaran – como lo hacen las empresas y los bancos- por ejemplo, la DC y la UDI podrían formar un partido de carácter confesional, con algunas tendencias hacia el centro y una gran mayoría conservadora, encabezada por los Walker y los Kast; el PS y el PPD podrían fusionarse con el RN, conviviendo en tendencias liberales, de distintos matices.

Podríamos hacerle caso a Enrique Correa en la idea de que la Concertación, hoy día convertida prácticamente en un enano político, formara parte o, en el mejor de los casos, apoyara al gobierno de Sebastián Piñera.

Pienso en la siguiente en la siguiente repartija: Hinzpeter sería reemplazado por Edmundo Pérez Yoma; Felipe Larraín sería reemplazado por Andrés Velasco. Tendríamos una Vocería mixta y alternada: un día Chadwick y otro día Lagos Weber. En Trabajo también podríamos usar una fórmula parecida: Evelyn Matthei con Osvaldo Andrade formarían una pareja poderosa. En la Secretaría de la Presidencia podría volver José Antonio Viera-Gallo.

Los Intendentes, Seremis y otros pitutos serían repartidos considerando el siguiente orden de precedencia, considerando a los partidos que tiene más militancia hambrienta: en primer lugar, la DC, después la UDI, luego los socialistas y así los que siguen.

Por empequeñecidas que estén las dos grandes combinaciones hay que mantener un poco la decencia: para convencer a los borregos de que son propietarios de la soberanía popular, se permitiría la competencia libre, con el actual sistema proporcional en las elecciones de concejales; no sería una mala idea que, en este caso, se prohibieran los pactos – como ocurrió en el pasado – y cada partido compitiera independientemente.

Tan peregrina idea no podría aplicarse en las parlamentarias, pues el sistema binominal lo hace imposible. Siguiendo al general Carlos Ibáñez del Campo, podríamos hacer que en cada circunscripción senatorial se presentaran dos candidatos y se repartiera entre los partidos los sillones; esta misma modalidad podría hacerse extensiva para los diputados.

Como la inscripción automática, el voto voluntario y el sufragio de los chilenos en el exterior se parece cada vez más al “cuento del tío”, podríamos aplicar el método de los electores – tal como en Estados Unidos – para las presidenciales.

Es sabido que un buen porcentaje de diputados y senadores van a cumplir más de 24 años en el llamado “servicio público”, sería torpe luchar contra esta realidad con la propuesta de limitación de mandato. Una solución podría ser un senado vitalicio, como en la época de la Independencia.

No se conoce el caso de una casta política que, rechazada por la ciudadanía, se reforme a sí misma, pues atentaría contra sus propios intereses, en consecuencia, parece más consecuente y realista la instauración de una democracia de la repartija.

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