[El Mercurio] Memorias de Marco: Un niño de siete años en la Cuba de Fidel

«Una vida política» (Edit. Debate) es la autobiografía que el candidato se apronta a lanzar. En su primera parte habla de su infancia en el exilio, en París, y de la sombra de su padre, Miguel Enríquez, fundador del MIR. En este adelanto relata una particular invitación que recibió de Fidel Castro.  

«Cuando tenía siete años, sucedió otra cosa importantísima en mi vida y, en particular, en mi relación con Miguel Enríquez. Llegó a la casa una carta de Fidel Castro, diciendo que me invitaba a conocer su país en una visita oficial. Creo que fue entonces cuando tuve por primera vez conciencia sobre la magnitud de la figura de mi padre. Recuerdo que la invitación decía algo así como «…invita a Marco Enríquez y acompañante…». Y, claro, la acompañante fue mi mamá, quién más. Me llamó mucho la atención eso de ser «invitado por un país», y tuve que preguntarle a Manuela qué significaba. Estuvimos en Cuba casi un mes. Ahí empecé a encarnar a mi padre, que hasta entonces no era mucho más que unas fotos en blanco y negro o en sepia, una ausencia enorme y pesada. Un fantasma atractivo y perturbador, pero un fantasma.

Cuando bajamos del avión en La Habana, nos quedamos deslumbrados con la recepción. En el aeropuerto nos estaba esperando un chofer negro en un Mercedes Benz enorme, negro también. Jamás me había subido a un vehículo así y no podía creerlo. En París vivíamos en un barrio más duro que otros, mi mamá tenía un Renault 5, antiguo; en la casa había unos pocos muebles regalados por amigos franceses solidarios con Chile, íbamos al cine como un gran panorama, y al McDonald’s una vez al mes.

En el colegio habían aceptado que viajara a Cuba con la condición de que escribiera un reporte sobre la experiencia. A los siete años eso te excita mucho, ser el explorador de tu curso. En La Habana, en ese entonces, había tres hoteles principales: el Riviera, el Habana Libre y el Nacional. Nos alojamos en el Hotel Riviera. Durante todo ese mes tuvimos un chofer a disposición. Nos alojaron en la mejor habitación, una suite enorme, y me colgaron una tarjeta como invitado de honor. La tarjeta decía algo así como «Invitado de la Revolución». Eso me daba consumo libre en el hotel y, lo más importante, consumo libre en las heladerías de La Habana. Mis primos Enríquez, cuya valiente madre, viuda, había sido exiliada en Cuba, me fascinaban, por la libertad y alegría con que vivían.

Me pasé casi el mes entero en la piscina del hotel, un lujo inimaginable para mí, aunque siempre me sacaban a pasear unas dos horas al día. Me llevaron a diferentes campamentos y escuelas que tenían el nombre o como referencia a Miguel, donde los niños me saludaban cantando himnos con referencias a él. Recuerdo que apretaba las piernas, de la impresión de ser tratado como un adulto ante mis pares. Que mi apellido fuera singular y no uno más me impactó muchísimo. Fui a una visita oficial al Hospital Miguel Enríquez, uno de los más grandes de La Habana, todo eso con la luz caribeña, las playas, las palmeras, todo tan diferente del monótono cemento de mi barrio en París. Entre medio, me enamoré de una niña muy linda, la Maya Fernández, que más adelante, de vuelta en Chile, se convertiría en diputada. Es hija de la Tati Allende, quien se suicidó en Cuba, y quien había sido la mejor amiga de Miguel. El chofer terminó sacándose la polera y nos paseaba por la ciudad a torso desnudo con su barriga enorme. Tenía esa sana relación con su cuerpo que hasta el día de hoy no logro imitar. Nos hicimos muy amigos, y a la segunda semana el Mercedes estaba lleno de arena, de tantas vueltas que dimos en la playa.

Durante uno de aquellos días, recuerdo que hubo un momento en el que mi mamá me dijo con cierta formalidad:

-Te quiere venir a ver el «Gato» Valenzuela.

-¿Ah? ¿Quién es?

-Un compañero de lucha de tu padre que vive aquí, que conociste antes pero no recuerdas.

-Vayamos juntos -le dije.

-No, prefiero que se vean los dos. Anda solo.

Manuela era muy crítica del autoritarismo mirista y de la «Operación Retorno» que desarrolló por esos años el MIR. La Operación sostenía que los miristas debían volver a Chile a luchar y hacer la revolución. Murieron decenas de militantes. En la localidad de Neltume, en el sur de Chile, en 1981 ocurrió el episodio más trágico: varios miristas fueron salvajemente asesinados. El «Gato» Valenzuela era uno de los más duros, partidario de castigar políticamente a los que habían sido «blandos» ante la dureza de los interrogatorios. Por eso, supuse, mi madre optó por quedarse en la habitación mientras yo bajaba a almorzar con él. Y así me vi, a los siete años, almorzando a solas con él, tal como antes había estado con Pascal Allende. Sosteniendo conversaciones de adultos, pero pensando en realidad: «a qué hora me suelta este revolucionario para ir a jugar a la pelota». Años después vi la película «El Padrino» y no pude dejar de pensar en eso cuando estuve con el «Gato», pues estuvo largo rato hablándome de cómo amaba a los animales. Mi madre me había dicho que él era un tipo «muy serio y valiente dentro del Movimiento», pero él me habló, sobre todo, de los pájaros.

«¿Quieres aprender a disparar?»

Siguiendo con mi condición de adulto, que me imponían todos con quienes conversaba durante ese viaje a Cuba, recuerdo que tuve otro encuentro memorable -también a solas- con José, el escolta cubano que había acompañado a Fidel en su larga y controvertida estadía en Chile durante el gobierno de Allende, y que se hizo gran amigo de Miguel. Me preguntó:

-¿Quieres aprender a disparar?

-¿Ah?

-Armas.

-¿Armas?

-Un hijo de Miguel debe aprender a disparar.

Me llevó a un sitio eriazo. Allí se nos sumó un joven, que me pareció afiebrado por las armas, disfrazado con un ridículo traje de vaquero, igual al de Woody de Toy Story. Éramos tres personajes desconocidos: un vaquero, José, y un niño de siete años. Recuerdo que José me pidió que me acostara en el piso y me pasó lo que probablemente era un AK-47. Ocurre que, cuando disparas, el arma se va hacia atrás, te golpea el hombro, y eso duele muchísimo. Estaba sin mi madre y simulé ser fuerte, como decían que era mi padre, e hice como que no me dolía el hombro. No sé si me tuvo entrenando dos horas o toda la tarde, pero a mí se me hizo eterno. José era muy severo, me retaba mucho porque no lo hacía bien, y hablaba del coraje de Miguel sin parar. Me hacía apuntarle a una lata que iba cambiando de lugar y yo fallaba. Mi preocupación eran las balas, estábamos gastando muchas balas. Me parecía un desperdicio. Volví extenuado y al mismo tiempo aliviado pidiendo, en mi nuevo personaje de rico y famoso, que me subieran eclairs de chocolate. Había estado toda la tarde disparando y sentía que había perdido horas valiosas para seguir saltando en la piscina. Las armas me parecieron siempre unos aparatos perturbadores y horribles: nunca me llamaron la atención».

Fuente: El Mercurio