Marco Enríquez-Ominami: Carta abierta a las izquierdas de Chile

¿Qué país seríamos si no fuera por la historia de las izquierdas? Si no fuera por ellas, Chile seguiría viviendo en un fundo, no hubiese habido Reforma Agraria y nuestra felicidad dependería de la buena voluntad de un patrón. Habríamos normalizado la desigualdad, las pensiones de hambre, el lucro en la educación y la permanente violación de los derechos humanos de niños, pobres, trabajadores, mujeres y personas LGBTTTI.

Si no fuera por las izquierdas, el cobre nunca hubiese sido chileno, la dictadura hubiese llegado hasta 1997 y nadie hubiese pensado en transformar su horror en democracia y libertad con un lápiz y un papel. A los privilegios de clase los llamaríamos “redes” o “méritos”, sería normal que las comunidades indígenas fuesen transformadas –a la fuerza– en chilenos, y también que hubiese pobres, porque claro, alguien tiene que barrer las calles.

Que el sentido común de la política sea vivir en democracia, con justicia, en libertad, con equidad, con derechos, con bienestar y felicidad, es un legado de la izquierda y no de la derecha. Porque si por la derecha fuera, la libertad sería la medida de nuestras billeteras; la justicia, que a los pobres “les alcance”; la equidad de derechos, que los gays vivan su vida pero que no hagan sus cochinadas en público; el bienestar, lo que se alcance a pagar con la caridad; y los derechos, esas cosas que tienen los ricos.

Este sentido común es lo que tenemos que cuidar, esta posta es la que tenemos que apretar con el alma, y para lograrlo es a nuestras semejanzas a donde tenemos que apelar. Porque hoy estamos haciendo algo muy grave. Renunciar. Sun-Tzu tenía razón en esto. Uno no puede dar solamente las peleas que uno calcula se pueden ganar. A veces, también, hay que dar las batallas que se deben dar. Pero Guillier –lo dicen los propios partidos que, en el papel, lo estarían apoyando– no da el ancho para esta batalla obligatoria.

No tiene que ver con transparencia, sino que con consecuencia. Son conocidos los acuerdos de Guillier con las mineras, fue vocero de las isapres, fue funcionario de Piñera durante 10 años, violó la intimidad de un juez de la República, destruyó su carrera y relacionó la homosexualidad con la pedofilia. Hoy se presenta a candidato sin tener idea de cómo se financian las campañas –criticando la ley de financiamiento que el mismo apoyó– y está más preocupado de cuidar su “independencia”, como si ese en política fuera un valor que le importa a alguien más que a él mismo. Alejandro no está preparado ni quiere ser de izquierda.

Yo, en cambio, conozco y quiero a las izquierdas. Me crié con varias de ellas y he convivido con casi todas. Socialicé y construí mi marco de valores con la Democracia Cristiana de mi tío Rafael Agustín. Me crié y comprendí temprano que “otra cosa es con guitarra” gracias Carlos, mi padre socialista, partido del que fui militante y diputado de la República. Y aprendí a soñar con la importancia del cambio, gracias a las historias que me contó mi madre sobre mi otro padre, Miguel Enríquez, secretario general del MIR.

Yo no soy independiente. Soy de izquierda, progresista y orgulloso de nuestros logros. Sé el tamaño de esta batalla. Sé que recién comienza, que hay que jugar hasta el final, y que es una maratón que continúa luego desde La Moneda. Porque en Chile, y lo sabrá bien la Presidenta Bachelet, ganar la presidencia no significa ganar el poder. Porque el poder lo tienen los banqueros, que además del dinero, son también dueños de los diarios, los canales y las encuestas.

Por eso en esta carta quiero llamar a las izquierdas. Porque sé que somos una maraña de voluntades semejantes, pero más preocupados de sus diferencias que de re-encontrarse o re-descubrirse. Pero también sé que, a la hora de los quiubos y por el bien de la patria, siempre llegamos a acuerdo, en medio de este barro hermoso que es la política. La posta de la izquierda no puede volver a caerse, y yo estoy dispuesto a tirarme de cabeza al barro para que no se caiga, nuevamente. La paciencia solo es justa con los que pueden esperar. Y en Chile –donde la gente no puede envejecer porque no tiene jubilación, no puede tener hijos porque no tiene plata para que nazcan ni para educarlos, y no puede enfermarse porque no tiene plata para curarse– la paciencia es un lujo.

Siete veces cae el justo y vuelve a levantarse, dice la Biblia, y yo estoy de pie, nuevamente, por tercera, cuarta o quinta vez. Óscar Wilde decía que la experiencia es la suma de los errores, pero mi padre también decía que los inteligentes aprenden de los errores de otros… y yo le pido a la izquierda que aprenda de mis errores. El 2009 –todos– permitimos que pasara algo que no tendría que haber pasado. La derecha puede volver nuevamente, pero peor. Porque si el 2009 la derecha de Piñera era estéticamente la de Obama, la de 2018 es más parecida a la de Trump. Porque la historia no se repite siempre como farsa. A veces, como ahora, la farsa podría también ser, al mismo tiempo una tragedia.

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