POR: CAMILO LAGOS Y RICARDO GODOY
Cuando el año 2010, hombres y mujeres libres decidimos formar el Partido Progresista (PRO), lo hicimos sobre la base de creer entender el mensaje que la ciudadanía venía dándole al país desde las movilizaciones estudiantiles del 2006 y los resultados electorales del 2009: había que construir un proyecto país alternativo al duopolio Alianza / Concertación.

Y eso hicimos.

Asumiendo el desafío de enfrentar las difíciles reglas de la ley de partidos de Pinochet, constituimos el Partido Progresista a nivel nacional, con la convicción de responder a esa doble expectativa que nos llevaba a nacer: responder a la expectativa ciudadana de hacer una diferencia programática dentro de la oferta añeja del sistema de partidos políticos y levantar una fuerza política que ayudara a refrescar a una izquierda chilena agotada, atomizada y condenada a la marginalidad política. Fue por ello, que a lo largo de estos años hemos intentado, con mayor o menor éxito, convocar a las fuerzas de izquierda y progresistas, tanto de fuera como dentro de la Nueva Mayoría, a diálogos y procesos de unidad para derrotar a las fuerzas conservadoras, sobre la base de los principios de respeto mutuo, acuerdos programáticos y primarias para todos los cargos.

La definición programática no es algo azaroso. Es lo que hace la diferencia sustantiva entre la mera agregación de fuerzas que se unen mediante un pacto electoral y un proyecto político que aglutina fuerzas en torno a transformaciones políticas, sociales y culturales. Esta tensión no definida es justamente la que hoy vemos en la Nueva Mayoría, donde sus fuerzas internas chocan bajo miradas diferentes del país que se desea construir. Educación, pensiones y derechos reproductivos son claros ejemplos en donde se carece de un diagnóstico común y de respuesta común para cambios estructurales que son necesarios y urgentes.

Pero, así como vemos a una Nueva Mayoría que se tensiona por la profundidad de las reformas y a la vez que se ordena cínicamente sobre la base de la administración del poder, a contraparte, reconocemos a fuerzas políticas diversas, que por sobre sus diferencias, hoy intentan poner por delante la necesidad de avanzar hacia un proyecto unitario de izquierdas, con definiciones más claras ante un fatigado modelo neoliberal, machista y centralista que ahoga a nuestro país. Hablamos del Frente Amplio.

Nuestros compatriotas han sido testigos de nuestra convicción de llevar adelante una agenda transformadora: Royalty minero; Impuesto a la riqueza; No más AFP; Nueva Constitución por la vía de una asamblea constituyente; Educación pública como derecho social garantizado; Salud pública de calidad y fin a Isapres; Elección directa de Intendentes; Derecho de la mujer a decidir; Re-industrialización y Fortalecimiento y protección a las PYMES. Todas tareas que implican la conquista real del poder. No basta con indignarse, no es suficiente con pasar de la protesta a la propuesta, hay que lograr obtener mayorías parlamentarias que estén al servicio de las demandas de nuestro pueblo. Hay un deber moral del cual hacerse cargo. Una responsabilidad histórica que asumir y ante eso sólo hay una respuesta: la unidad que tanto ha costado conseguir.

Por eso hoy, independiente de la definición presidencial que tengan las fuerzas ajenas al duopolio, Hacemos un llamado de unidad a las Fuerzas regionalistas, liberales, verdes, humanistas, sociales, autonomistas y de izquierda, a construir la unidad parlamentaria. Una gran lista nacional de cambio que este 2017 enfrente a los conservadores de izquierda y derecha y que ponga por delante las transformaciones estructurales sobre la base de un gran proyecto de país común.

La definición presidencial de nuestras fuerzas ha sido muchas veces el obstáculo para una convergencia mayor de las fuerzas del cambio en elecciones locales o nacionales. Del progresismo queremos contribuir a resolver esto. Nuestra carta presidencial es clara y conocida. Estamos convencidos de que Marco Enríquez-Ominami representa la alternativa competitiva para derrotar a la derecha empresarial y política. Y estará en la papeleta en la elección presidencial del 2017 como candidato del progresismo y de la gente que quiere un Chile mejor. Sin embargo, no vamos a imponer nuestra candidatura presidencial como condición para llegar a acuerdos parlamentarios con fuerzas con las que tenemos, sin duda alguna, muchos puntos programáticos en común. Creemos que ha llegado la hora de generosidad política y búsqueda real de una unidad esquiva para las fuerzas progresistas, de centro e izquierda de nuestro país.

Llevamos ocho años de dispersión y competencia, en donde, fuera de resultados simbólicos, lo real es que el poder de este país no ha cambiado de manos. La reciente elección municipal nos muestra dramáticamente esto. Por eso, este 2017 tenemos un gran desafío por delante, pero con una gran oportunidad: es el avance de la agenda social o el retroceso a manos de las fuerzas conservadoras.

Construyamos una voluntad de poder parlamentaria sobre un proyecto país que se haga cargo de los desafíos del presente y del futuro. Como dice Marco, “separados podemos avanzar, pero juntos llegamos más lejos”. Es tiempo de unidad, ese es el verdadero cambio. Juntos por un Frente Amplio.

fuente: El Mostrador

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